8.1 Introducción: conjeturas, cisnes negros, ciencia y falsacionismo

La ciencia se basa en la toma de decisiones. Estas decisiones a veces son acertadas, a veces no, y en ese sucesivo esfuerzo de “ensayo y error” el conocimiento avanza. Cualquier investigador está continuamente elaborando conjeturas y comprobando (o intentando comprobar) si son ciertas o no.

La ciencia plantea y desarrolla teorías orientadas a entender el mundo, desentrañando los mecanismos que determinan que las cosas funcionen como funcionan. Las teorías, no obstante, son sólo un conjunto de hipótesis, con cierto grado de confirmación y, en un estadio temprano, simples conjeturas. Demostrar la validez absoluta de una teoría es imposible, ya que no es admisible verificar cada una de las consecuencias derivadas de una teoría dada y con ello la teoría en su totalidad. Lo único que es factible hacer es falsarla (En la ciencia, desmentir una hipótesis o una teoría mediante pruebas o experimentos), a partir de un experimento u observación cuyo resultado contradiga lo predicho por la misma, o incrementar su grado de corroboración, a partir de la acumulación de verificaciones positivas de consecuencias observables anticipadas por la teoría. Las teorías están sujetas a un proceso de selección a cargo de la comunidad científica, teniendo siempre como juez de última instancia a la experiencia. A la ciencia se la puede tildar de dogmática en el sentido de defender en un momento determinado (en escalas que van de varias décadas hasta siglos) un paradigma aceptado. Pero la ciencia, a diferencia de otros ámbitos humanos, se caracteriza por tener una profunda actitud crítica. Lo que hace que, llegado un momento, después de la acumulación de anomalías y de la incapacidad por parte de una teoría para explicar nuevos fenómenos, existiendo a su vez una teoría en competencia “superadora”, la ciencia sea capaz de abandonar el viejo paradigma para abrazar uno nuevo.

El “falsacionismo” fue propuesto por el epistemólogo austríaco Karl R. Popper (1902-1994) en 1934, como criterio de demarcación entre lo científico y lo metafísico. Si una hipótesis no es potencialmente falsable y no admite por naturaleza, llegado el caso, ser refutada a partir de su confrontación con la experiencia, entonces, por definición, no es científica

Un ejemplo muy conocido es el de la teoría de Newton, que llegado un momento fue desplazada, por la teoría de la relatividad, en la cual se plantean ideas revolucionarias con respecto al espacio, el tiempo y la energía. Ya Aristóteles había reconocido la existencia de dos formas de inferencia: la inferencia deductiva y la inferencia inductiva. En la inferencia deductiva, aplicando las leyes de la lógica y partiendo de un conjunto de hipótesis consideradas verdaderas, obtenemos consecuencias necesarias. Que las consecuencias sean necesarias, se debe a que las mismas podríamos decir que están contenidas en las hipótesis de partida y por lo tanto no constituyen algo nuevo o distinto de las hipótesis iniciales. En la matemática, como ciencia formal, se presenta el ejemplo más acabado de esta forma de proceder. De un conjunto de axiomas (como son llamados en la matemática), seleccionados en muchos casos por razones puramente estéticas, se deducen consecuencias que se enuncian en los denominados teoremas.

Los cisnes negros eran totalmente desconocidos para la ciencia antes del siglo XIX. De hecho, se asumía como imposible la existencia de los mismos. Si tras cientos de años de observaciones de cisnes, nunca se había visto uno, la conclusión más razonable sería que no existían. Hasta que uno apareció (Taleb and Mosquera 2011).

El término cisne negro fue una expresión latina, cuya referencia conocida más antigua proviene de la descripción de algo que hizo el poeta Juvenal, que es: rara avis in terris nigroque simillima cygno, cuya traducción en español significa un ave rara en la tierra, y muy parecida a un cisne negro. Cuando la frase fue acuñada, se presumía que el cisne negro nunca existió. La importancia del símil radica en su analogía con la fragilidad de cualquier sistema de pensamiento.

La frase de Juvenal era una expresión común en el Londres del siglo XVI como una declaración de imposibilidad. La expresión de Londres deriva de la presunción del Viejo Mundo de que todos los cisnes deben ser blancos, porque todos los registros históricos de los cisnes informaron que tenían plumas blancas. En ese contexto, un cisne negro era imposible o por lo menos inexistente. Después que una expedición holandesa, dirigida por el explorador Willem de Vlamingh en el río Swan en 1697, descubrió cisnes negros en Australia Occidental, el término se transformó para denotar que una imposibilidad percibida podría ser refutada más tarde.

Hoy en día, el término cisne negro se refiere, a un suceso de probabilidad muy pequeña que, si ocurre, produce unos resultados extraordinariamente impactantes. En economía, serían las caidas bruscas de la bolsa (la depresión del 29, o el estallido de la burbuja inmobiliaria). La teoría desarrollada por Nassim Taleb (Taleb and Mosquera 2011) es que un suceso altamente improbable acaba siendo racionalizado por retrospección. Nadie lo esperaba, pero posteriormente se analiza retrospectivamente, y se racionaliza (los datos estaban ahí, pero no se supieron ver).

Bibliografía

Taleb, N.N., and A.S. Mosquera. 2011. El Cisne Negro: El Impacto de Lo Altamente Improbable. Paidós Transiciones. Ediciones Paidós Ibérica, S.A.