4.1 Introducción histórica

“Se ve que, en el fondo, la teoría de las probabilidades no es más que el buen sentido reducido a cálculo. Hace apreciar con exactitud lo que los espíritus justos sienten por una especie de instinto, sin que a menudo puedan darse cuenta de ello. No deja nada de arbitrario en la elección de las opiniones y del partido a tomar, siempre que se pueda mediante ella determinar la elección más ventajosa. Por ello viene a ser el suplemento más dichoso a la ignorancia y debilidad del espíritu humano. Si se consideran los métodos analíticos a los que esta teoría ha dado nacimiento, la veracidad de las teorías que le sirven de base, la lógica fina y delicada que exige su empleo en la solución de problemas, las instituciones públicas que se apoyan en ella, y la extensión que ha alcanzado y puede alcanzar todavía, por su aplicación a las cuestiones más importantes de la filosofía natural y de las ciencias morales; si se observa luego que incluso en las cosas que no pueden someterse al cálculo, da la apreciación más segura que pueda guiarnos en nuestros juicios, y que enseña a protegernos de las ilusiones que a menudo nos extravían, se vería que no hay ciencia más digna de muestras reflexiones, ni que sea más digna de hacer entrar en el sistema de instrucción pública.”

— Pierre-Simon Laplace (1749-1827, matemático francés que llegó a ser ministro del interior con Napoleón).

El marqués de Laplace.

Figura 4.1: El marqués de Laplace.


la mayor parte de lo que se escribe en esta introducción está basada en (Camacho 2002), (Cerro 2002) y (Secades 2002).

El divulgador científico Ian Hacking afirma que “el evento conceptual más decisivo del siglo veinte fue el descubrimiento de que el mundo no es determinístico. La causalidad, por mucho tiempo bastión de la metafísica, fue desacreditada, y paulatinamente emergió una nueva forma de “conocimiento objetivo” — la estadística (Hacking and Bixio 1995).

Causalidad y Azar son conceptos opuestos, en el sentido de que si todos los procesos que rigen el universo (y la vida) son causales, el azar no existe. Por otro lado, la existencia del azar lleva implícito la posibilidad del “libre albedrío”. Un nombre equivalente a “teoría de la probabilidad” es, precisamente, “ley del azar”, porque mientras sea posible “medir” la certeza o incertidumbre de los sucesos que se presentan ante nosotros, ese azar deja de ser desconocido.

La Teoría de la Probabilidad (ciencia del azar o de la incertidumbre) es, históricamente, la unión de disciplina matemática conocida como “geometría del azar” y, por otro, la probabilidad filosófica-teológica heredada del pensamiento clásico y cristiano. En efecto, en ambas materias se estudian cuestiones acerca de las cuales el hombre no posee la certeza absoluta sobre su realización o existencia.

El concepto de probabilidad vigente hasta mediados del siglo XVII, fecha de la creación definitiva del Cálculo de Probabilidades, tuvo un carácter filosófico y teológico. La primera aparición del término probable se remonta a Aristóteles (384-322 a.c.) En los Tópicos aparece la siguiente definición:

“El razonamiento probable es aquel que parte de las cosas plausibles. Son cosas plausibles las que parecen bien a todos, o a su mayoría, o a los más conocidos y reputados”.

El concepto de probabilidad es el concepto opinión certificada por la autoridad. Una cosa es probable si quien la sostiene es alguien con reconocimiento social (no sería lo mismo que un médico, por ejemplo, dijera que una enfermedad probablemente se curase, a que lo dijera alguien que no tuviera estudios).

Más adelante, Carnéades de Cirene (Libia, 214-129 a.C.), director de la Academia platónica, defendió un cierto libre albedrío y voluntariedad en la explicación de la conducta humana, algo que chocaba completamente con la concepción predominante del determinismo. Empezó a abrirse un conflicto que adquiriría especial trascendencia en los siglos XVI y XVII, entre el determinismo propio del destino voluntad de Dios, frente al libre albedrío que supone la libertad del hombre de elegir su propio destino.

La siguiente reseña histórica referida a la probabilidad aparece en Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.):

“No somos de los que niegan la existencia de la verdad, sino de los que sostienen que la verdad y la falsedad andan tan hermanadas y mezcladas, que en ellas no hay ninguna señal cierta para discernirlas y prestarlas asentimiento, de donde resulta que el sabio debe regir su vida según la probabilidad”.

Según los historiadores, para Cicerón lo más probable es aquella que sucede la mayoría de las veces, como enuncia del siguiente modo:

“Y no basta tener esa fortaleza en teoría, si no se practica. Así como puede ciertamente tenerse la teoría de una ciencia aunque no se practique, la virtud de la fortaleza consiste enteramente en la práctica”.

Asímismo, es ampliamente conocido que los conceptos de fortuna y azar eran perfectamente conocidos en Roma. Suetonio en su obra “Vida de los doce Césares”, nos relata como ya en aquella época era habitual jugar a los dados. El mismo Emperador Claudio (10 a.C. - 54 d.C.) realizó un tratado sobre el juego de los dados (recomendamos la visión de la serie de la BBC “Yo, Claudio”).

[La túnica sagrada (1953): Escena de la crucifixión de Cristo. Los soldados romanos jugaban a los dados bajo la cruz]

Sin embargo, durante los primeros siglos del cristianismo, el concepto de probabilidad desaparece por cuanto se cree que todo lo que ocurre es designio divinio. Para San Agustín (354-430), la verdad era sólo conocida por Dios, y no es posible acercarse a ella por medio de la probabilidad.

“Sólo algún divino numen puede manifestar al hombre lo que es verdad”.

“Cuando tú (se refiere a Carnéades) dices que no conoces ninguna verdad, ¿cómo puedes abrazar lo que se asemeja a ella?”.

San Agustín asegura que, del empleo de la probabilidad para la formación de la conciencia, nada bueno puede derivarse:

“Si la probabilidad, término tan clásico para la formación de la conciencia, ha de ser norma de la acción, se abre una ancha brecha a la moral para los homicidios, parricidios, sacrilegios… etc”.

Como curiosidad, señalamos también esta otra frase suya bastante conocida:

“El buen cristiano deberá guardarse de los matemáticos y de todos aquellos que practican la predicción sacrílega, particularmente cuando proclaman la verdad. Porque existe el peligro de que esta gente, aliada con el diablo, pueda cegar las almas de los hombres y atraparlos en las redes del infierno” (afirmación que se refería no a lo que hoy entendemos por matemático, sino a los científicos en general).

No sería hasta San Alberto Magno (1200-1280) y Santo Tomás (1225-1274) que se retomarían los conceptos de azar, probabilidad y su estudio. Este último llevó a cabo una labor fundamental de recuperación del pensamiento Aristotélico. Aún así, no sería hasta el siglo XVII, y debido, entre otras cosas, a la reforma protestante del siglo XVI y a la revolución científica, cuando la certeza dejó de basarse en la autoridad y pasó a fundarse en criterios que se consideraban objetivos, esto es, que tenían que ver con la experiencia científica de la realidad. La objetividad científica vino a sustituir así a la autoridad, y donde antes era el sujeto el que legitimaba la objetividad de nuestro conocimiento, ahora será el objeto de ese conocimiento el que legitime la autoridad del sujeto.

En el siglo XVII, se culminó un proceso de cambio donde se empezaba a aplicar el lenguaje matemático a los fenómenos naturales. Aristóteles había descrito que la “naturaleza” de las cosas era un principio interior que garantizaba su modo de actuar. La acción humana tenía también su propia esencia o razón de ser, y esa esencia y finalidad hacía de la acción humana una acción distinta de la mera acción mecánica, fruto sólo de causas eficientes. La finalidad de la actuación humana no era otra que la felicidad eterna, de la que no se podía excluir necesariamente la felicidad terrena, la felicidad ya en este mundo. La revolución científica de ese siglo destruyó la destrucción de la visión aristotélica de la naturaleza y la sustituyó por una visión mecanicista (explicar los fenónemos mediante las leyes mecánicas del movimiento).

Bibliografía

Camacho, Francisco Gómez. 2002. “Probabilismo Y Toma de Decisiones En La Escolástica Espanola.” In Historia de La Probabilidad Y de La Estadística/Ahepe, 81–102.

Cerro, Jesús Santos del. 2002. “Probabilismo Moral Y Probabilidad.” In Historia de La Probabilidad Y de La Estadística/Ahepe, 103–18.

Hacking, Ian, and Alberto L Bixio. 1995. La Domesticación Del Azar: La Erosión Del Determinismo Y El Nacimiento de Las Ciencias Del Caos. Gedisa Editorial.

Secades, Marta García. 2002. “Antecedentes de La Concepcion Subjetivista de La Probabilidad.” In Historia de La Probabilidad Y de La Estadística/Ahepe, 119–32.